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Tres años del Bronx: las enseñanzas de la intervención

Escrito por Jorge Mantilla
El control sobre el negocio del microtráfico va más allá de las “ollas”.

Jorge MantillaCómo funciona realmente el negocio de las ollas, cuál es su relación con la Policía y con los habitantes de la localidad. ¿Cuáles remedios sirven y cuáles no?

Jorge Mantilla*

Un problema creciente

Las encuestas indican que el microtráfico de drogas, junto con el hurto, es la principal preocupación en materia de seguridad en todas o casi todas las ciudades de Colombia.

Tal vez por eso las promesas de “acabar con las ollas” son cada vez más frecuentes entre los candidatos o precandidatos a las alcaldías, y algunos hasta dicen que saben dónde se encuentran esas ollas. Pero los mercados locales de drogas están cambiando de modo acelerado.

Según el Centro de Estudios de Seguridad y Drogas de la Universidad de los Andes, durante los últimos veinte años el consumo se ha multiplicado por cuatro en las principales ciudades: Colombia no es apenas el primer productor de cocaína, sino que empieza a destacarse entre los países consumidores. Y a esto se suma la creciente demanda de drogas de síntesis y nuevas sustancias psicoactivas.

En un contexto de aumento de los cultivos ilícitos y una relación con Estados Unidos que vuelve a estar marcada por la agenda antinarcóticos, es de esperar que los mercados locales de drogas en Colombia se fortalezcan a medida que sigan aumentando las interdicciones internacionales.

Los mercados locales

Aunque las grandes organizaciones dedicadas al tráfico de drogas siguen concentradas en el comercio internacional, no son pocas las redes criminales con arraigo local que han desarrollado formas novedosas de venta de sustancias ilícitas.

Los entornos escolares y universitarios, las zonas y eventos de rumba, y los expendios que operan mediante la concentración de poblaciones vulnerables como habitantes de calle, trabajadoras sexuales, barras futboleras o consumidores problemáticos, son los grandes desafíos a escala territorial.

Algunas organizaciones se especializan en determinadas sustancias, pero las más poderosas manejan múltiples portafolios e inciden sobre el gobierno local, como en el caso de Medellín.

Así lo entiende el gobierno de Iván Duque, y por eso uno de los cuatro pilares de la Política Nacional de Drogas consiste en reducir los mercados internos y el narcomenudeo. Pero todo depende de la manera como las entidades del orden territorial asuman los desafíos de la ejecución.

Puede leer: Ruta Futuro: la política antinarcóticos de Iván Duque.

El caso del Bronx

El próximo 26 de mayo se cumplen tres años de la operación Némesis o intervención al Bronx en Bogotá, el mercado de drogas a cielo abierto más importante de Colombia. Este fue un enclave de crimen que durante años desafió la gobernabilidad de la ciudad capital.

Solo comparable con lugares como crackolandia en Sao Paulo, o el legendario Skid Row en Los Ángeles, el Bronx es esencial para entender el desafío que implican los mercados de drogas para los alcaldes que empezarán sus mandatos en enero del próximo año.

El Bronx luego de la intervención.

Foto: Alcaldía Mayor de Bogotá
El Bronx luego de la intervención.

En Colombia, así como en casi todos los países del hemisferio, cada ciudad tiene su propio Bronx. Cachacal o las Colmenas en Barranquilla, el Calvario en Cali, Barrio Triste en Medellín, son experiencias de degradación urbana asociadas con mercados ilegales, que nos exigen adoptar modelos de intervención territorial en escenarios de alta complejidad.

Le recomendamos: Consecuencias de la intervención del Bronx en Bogotá.

Un orden en el caos

Para el alcalde Peñalosa, la existencia de un mercado de drogas de las proporciones del Bronx era una señal de impunidad e ingobernabilidad inadmisible.

Para algunos analistas y algunas ONG, la operación Némesis no solo fue apresurada y mal planeada, sino el producto de un interés económico en la renovación urbana que se adelanta en la zona.

¿Dónde está la verdad? No obstante, el caos y anarquía, el Bronx, como los demás mercados locales de drogas en Colombia, había creado sistemas de expectativas compartidas entre quienes participaban de él, incluidas las autoridades locales y elementos de los organismos de seguridad. Estos son auténticos contratos sociales del bajo mundo.

Las reglas de tiempo, modo y lugar de la operación en el Bronx eran el resultado de una negociación permanente entre líneas de distribución oligopólica de drogas (ganchos) amparadas y muchas veces arbitradas por agentes del Estado.

Tres años después, la opinión pública ignora que el aspecto definitivo de la intervención en el Bronx y la pérdida del control por parte de las organizaciones delincuentes de allí operaban fue la captura de catorce policías adscritos al CAI San Victorino tres meses antes de la intervención. Treinta más fueron vinculados a la investigación en agosto de ese año.

Estos sistemas de protección explican cómo un mercado de drogas puede perdurar con plena impunidad, como también por qué las tasas delictivas permanecían estables e inferiores a las de otras zonas de la ciudad.

Estos sistemas filtraban información sobre operaciones de la policía y coordinaban la entrega de algunas drogas, armas o personas a las autoridades para que éstas pudieran mostrar resultados positivos. A esta práctica recurrente se suma la reventa de droga incautada por parte de elementos de la Policía a los operadores de estos mercados.

En el caso del Bronx participaba también el coronel a cargo de la localidad, a quien alertaban sobre la infiltración de elementos de inteligencia y Policía judicial. Este sistema de informantes llevó al asesinato del patrullero Jeison Mahecha en 2012 y al secuestro de dos agentes del CTI en 2015.

En este caso, se trata de sistemas de venta de protección privada a los operadores de mercados de drogas para no aplicar la ley o para aplicarla de manera selectiva contra sus competidores. No es un asunto de manzanas podridas sino un escenario donde los agentes del Estado son quienes ponen precio a la protección y extorsionan a los delincuentes.

En algunos casos la extorsión es tan desmedida que los delincuentes acaban por denunciar a la Policía.

Por eso, para las comunidades que tienen que convivir diariamente con este flagelo, la Policía no es sino otro jugador dentro de los mercados de drogas. La consideran ilegítima e incapaz de proveer seguridad.

Seguridad en medio del delito

Para apreciar la evolución de la lucha contra las drogas en el centro de la ciudad de Bogotá basta con una comparación entre el número de homicidios y el de llamadas a la línea de emergencias para reportar venta o consumo de drogas en la localidad de Mártires.

Dicho de modo muy simple: a medida que aumentaron las denuncias sobre microtráfico disminuyó el número de homicidios durante el último año de la administración Petro y los tres primeros de Peñalosa:

 Homicidios vs. Drogas, Línea 123 Mártires 2015-2018

 Fuente: Datos de Secretaría de Seguridad, Convivencia y Justicia Bogotá.

La intervención en el Bronx y demás operaciones contra las mafias en el centro de la ciudad incluyendo la captura de más policías que en ningún otro periodo de la historia de Bogotá, han contribuido a disminuir la tasa de homicidios.

Pero el aumento de llamadas a la línea 123 para reportar incidentes de drogas tras cada una de estas operaciones sugiere que los mercados locales de drogas no se desactivan con una operación policial.

Le recomendamos: Hurtos e inseguridad en las ciudades.

Más que drogas

Más que planes de choque para “acabar con las ollas”, necesitamos un tratamiento de mediano y largo plazo que prive del oxígeno al mercado de las drogas. Estos mercados operan sobre una serie de opciones limitadas en materia de organización técnica y social, como se puede ver en el siguiente cuadro:

Organización Social

Organización Técnica

  • Modelo Corporativo
  • Modelo Familiar/Pandilla
  • Modelo de Emprendimiento Individual
  • Venta callejera
  • Venta a puerta cerrada
  • Venta a domicilio

Por eso, una de las características más importantes de los grandes mercados de drogas en Colombia consiste en ser más que mercados de drogas. Los “ganchos” que controlaban la venta de drogas en el Bronx habían expandido su control a otros mercados informales, aumentado su capacidad de influencia sobre la comunidad y el control sobre habitantes de calle y consumidores vulnerables.

Las organizaciones dedicadas el microtráfico que logran acumular poder y recursos se dedican después a intermediar bienes o servicios ilegales, bienes hurtados, productos adulterados o falsificados, productos legales vendidos de manera ilegal o contrabando. Las intersecciones entre estas economías permiten que las organizaciones se adapten a las intervenciones del Estado y transiten hacia otras formas de organizar el negocio.

En todas las ciudades de Colombia, las autoridades ven con frustración cómo los mercados de drogas se reactivan apenas meses después de las intervenciones. Por eso hay que entender qué sucede con una organización delincuencial cuando sus cabecillas son capturados.

Se necesitan voluntad política y la concertación efectiva con el gobierno nacional para el aterrizaje de la política antidrogas en las áreas urbanas con alta incidencia criminal.

Incautación de estupefacientes hecha por la policía.

Foto: Policía Nacional
Incautación de estupefacientes hecha por la policía.

Tal como lo demostró la experiencia de Bogotá, el poder de los grandes mercados de drogas consiste en disuadir a las alcaldías de enfrentar lugares como el Bronx por el supuesto costo social que acarrearía tal decisión.

* Investigador asociado del Great Cities Institute, Chicago
@jmantillaba

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