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Leonardo: pintor e inventor infatigable

(Tiempo estimado: 5 - 10 minutos)

La Mona Lisa (1503-19)

Ricardo GarciaEste mes se cumplen 500 años de la muerte de Leonardo da Vinci, el hombre del Renacimiento que marcó un cambio de época y dejó pinturas que nos deslumbran hasta el presente.

Ricardo García Duarte*

El genio

Este pintor, arquitecto, ingeniero e inventor, debe su gloria a las pinturas y a los dibujos que legó a la posteridad y a ser uno de los arquetipos del Renacimiento. Vivió lleno de inquietudes y de curiosidad. Diríamos que fue poseído por el espíritu inventivo: enérgico y acucioso, seguro de sí mismo, desplegó toda suerte de iniciativas en el diseño de construcciones que se anticiparon a muchas innovaciones modernas, como una red de ferrocarriles urbanos o una máquina que podría haberse convertido en un helicóptero.

Nacido en 1452, su cuna fue una población llamada Vinci, en la Toscana italiana. Gracias al genio que portó desde muy joven, se convirtió en uno de los protagonistas de un momento estelar en la pintura universal. Al lado de Miguel Ángel y de Rafael, creó una desbordante producción artística que hizo que la pintura se desplazara entre el clasicismo y el manierismo, con obras de mayor alcance que en el pasado, de mayor aliento en los trazos y en las ambiciones de representación estética.

Históricamente se situó en el tránsito del quattrocento al cinquecento, es decir, de finales del 1400 a inicios del 1500. En ese momento se dio el tránsito estético, con rupturas y enriquecimientos mutuos, entre el clasicismo encarnado en Bramante y en el propio Leonardo, y el manierismo, dotado de mayor gracia y colorido, con personificaciones como Miguel Ángel y más tarde El Veronés con su explosión de colores en Las Bodas de Caná.

Todo esto configuró formas, digamos, más “melodiosas” y seductoras en el aliento pictórico trasmitido en las obras. Según Agnes Heller, estas significaron la “disolución de la armonía, la inclinación subjetiva (…), la plasmación de conflictos no resueltos artísticamente; y un mayor realce de lo trágico y lo cómico”.

Este movimiento estético ya no era tan caracterizadamente renacentista como las obras de la primera mitad del siglo XV, pero todavía no alcanzaba a ser completamente barroco, tal como vendría a serlo el movimiento cultural del siglo XVII.

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Cambios sociales

Este fue un momento (1480-1550) de transformaciones que iba a traer cambios revolucionarios en la vida social, en la política, en la moral y en el mundo religioso. Algo que no impediría una regresiva “refeudalización”, como también lo hace notar Heller, al recordar los embates de la Inquisición, lo mismo que la imposición durante algunos años del modelo español de dominación.

La expresión estética se afirmaba en su propia razón de ser: la belleza y en el ser humano, más allá de que muchos de los motivos estéticos continuaran externamente siendo de carácter religioso, un revestimiento que no alcanzaba a disimular la exaltación de todo lo bello que contenían las formas del cuerpo humano.

Leonardo creó obras maravillosas que han dejado su huella en la plástica universal. 

Fue la misma época (en realidad una veintena de años después de la muerte de Leonardo) en la que Copérnico comenzó la revolución científica en el terreno de la astronomía, echando por tierra el irreductible geocentrismo de Ptolomeo y de la Iglesia. También fueron los días en que Maquiavelo sentó las bases para el Estado moderno. 

Este es el momento histórico en el que resurgió con fuerza la idea del individuo, como modelo de sujeto social, al decir de Burckhardt (historiador suizo). En otras palabras, la historia pasaba por un tempo caracterizado por el surgimiento del “hombre del Renacimiento”.

Su pintura

Leonardo creó obras maravillosas que han dejado su huella en la plástica universal. A su pincel se debe, por ejemplo, la pintura La Virgen, el Niño Jesús y Santa Ana, un conjunto magnifico de personajes en el que la composición triangular ofrece una sensación de equilibrio que no es estático, sino dotado de cierta inestabilidad que le comunica fluidez a la obra. Y lo propio sucede en otro óleo impresionante: La Virgen de las Rocas, en la que el autor exhibe una gran destreza para la composición y el movimiento.

En sus famosas representaciones de la Última Cena, como la del mural en el convento de Santa Maria delle Grazie, el artista introdujo un ritmo extraordinario, mediante el movimiento de los personajes. En este caso, los apóstoles acompañan a Jesús y discuten sobre el destino fatal que se aproxima y sobre la traición que extiende su manto oscuro de incertidumbres y de malos presagios.

La Virgen, el NIño Jesús y Santa Ana (1510-13)

Foto: Wikipedia
La Virgen, el NIño Jesús y Santa Ana (1510-13)

Hay en la pintura de Leonardo una enorme capacidad para el manejo de la luz y del fondo oscuro con su carga de contrastes para dar realce a las formas delicadas de sus personajes, como en la Dama del Armiño y la Dama de la Redecilla de Perlas.

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La célebre Mona Lisa

Con todo, la apoteosis del retrato, sobre todo el femenino, lo representa la Mona Lisa o Gioconda, una figura emblemática de la pintura universal, adorada por los especialistas y por el público que se aglomera impaciente ante este cuadro en uno de los salones del Museo del Louvre en Paris, como si se tratara de un lugar de peregrinaje contemplativo.

Este retrato al óleo presenta la figura femenina en un primer plano iluminado, con el tamaño que se recorta en las líneas del busto y la cintura, cerradas por los brazos y las manos que descansan cruzadas con elegancia sobre el sillón en el que la dama posa sentada. Todo esto contra un fondo de naturaleza boscosa, habitada por caminos sinuosos y aguas sosegadas.

Las vestimentas son regias y están plasmadas en tonalidades oscuras para proporcionar cierta gravedad, apenas matizada con golpes tenues de luz sobre las manos tersas y los pliegues de las mangas, diestramente dibujados.

La apoteosis del retrato, sobre todo el femenino, lo representa la Mona Lisa. 

El fondo, hecho de un paisaje remoto y algo diluido, ayuda al efecto de que, desde allá, desde la naturaleza incierta pero vigorosa, se llega al primer plano, al fabuloso rostro de esa mujer, esplendorosa, serena, enigmática y risueña. Es como un punto de contraste frente a toda agitación innecesaria. Tranquila y magnifica, lo humano y lo femenino en la realización de la creación, como ficción y como realidad.

Aunque la difuminación se extiende sobre el paisaje del fondo, también recubre con suavidad el rostro de la dama en el primer plano. Con esto el cuadro se cubre con una atmósfera rica en sugerencias de todo aquello que puede existir tras los ambientes protegidos por los velos, atenuantes de aquello que de otro modo pudiera ser demasiado explícito, puramente crudo y frontal. Digámoslo de otro modo: es un ambiente más evanescente y poético, al contrario de una explicitud frontal que seguramente Leonardo quería evitar.

Así se acentúa la belleza inasible de la Gioconda y el misterio de su sonrisa, tan cercana y tan insondable al mismo tiempo.

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El juego semiótico

El rostro bien balanceado de esta Mona Lisa increíble se apoya en el tallo de un cuello lozano, que se extiende sobre un pecho iluminado y rozagante, convertido en unas turgencias de sensualidad rápida y discretamente cubierta por la tela del vestido, reforzado por pequeños arabescos y pliegues delgados.

El rostro sereno que pasa a través de esa atmósfera iluminada está marcado por una mirada de soslayo y por el movimiento de la boca, tal vez el más famoso de la pintura, un leve gesto de sonrisa retenido, pero que puede contener un tejido de significados ocultos detrás de la expresión.

Estatua de Leonardo Da Vinci en Florencia.

Foto: Pixabay
Estatua de Leonardo Da Vinci en Florencia.

Ese soslayo en la mirada y el trazo leonardiano de la sonrisa, con los labios dulcemente herméticos, representa un juego de misterios y de complicidad con quien está por fuera del cuadro: el espectador y quizá también el pintor. Este es probablemente el factor cifrado que ha cautivado a millones de admiradores.

Entre el misterio y la complicidad, entre la sonrisa insinuada y la mirada ligeramente oblicua, se instala el nudo de los signos, el plexo de los significados, que pueden alojarse en la expresión estética. Estos dan lugar a multitud de percepciones y sentimientos, y, sobre todo, a interpretaciones que completan la historia abrigada en la obra de arte, abierta a mil construcciones.

La de Leonardo es una expresión estética en la que se sitúa una masa de emociones y, a la vez, un núcleo de significados: una fábrica de luz y de símbolos que levanta el puente de comunicaciones secretas entre la obra y el espectador. Un clímax estético y expresivo, centrado en lo humano y en la capacidad de codificar narraciones bajo la sugestión estética.

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