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Los cien años del primer rey vallenato

(Tiempo estimado: 5 - 9 minutos)

Alejo Durán

Luis Eduardo AcostaEl 2019 fue declarado el año conmemorativo de la vida y obra de Alejo Durán, el negro grande de Colombia. Este es un homenaje a la memoria de un músico inolvidable.

Luis Eduardo Acosta*

“Pueblo, me acabo de descalificar yo mismo”

Este mes celebramos los cien años del nacimiento del “Negro Grande de Colombia”, el inolvidable Gilberto Alejandro Durán Díaz. Es inevitable recordar “Altos del Rosario”, una de sus canciones emblemáticas: “Lloraban las mujeres, ya se fue el pobre negro, dime cuando vuelves, dinos cuando vuelves y nos darás consuelo”.

No se trata de una efeméride cualquiera, es la justa celebración por el nacimiento de un hombre grande entre los grandes a quien el altísimo alojó en el vientre de su madre, la cantadora Juana Francisca Díaz Villarreal, con la misión de alegrar el corazón de sus conciudadanos y predicar con el ejemplo como músico esmerado y como caballero de los talones a la mollera.

Los biógrafos del Rey negro del acordeón coinciden en afirmar que su gloria comenzó el 30 de abril de 1968 cuando fue ungido como Primer Rey del Festival Vallenato contra todos los pronósticos, que aseguraban que Emiliano Zuleta Baquero sería el ganador.

Necesitaría un espacio interminable para rememorar el sinnúmero de canciones de su autoría.

Pero no dudamos de que se hizo inmortal la noche de la final del Festival Rey de Reyes Vallenatos en abril de 1987, cuando ejecutaba la puya “Mi pedazo de acordeón” y suspendió abruptamente su presentación para hacer pública una falla imperceptible para el público y el jurado.

Entonces pronunció con toda honestidad unas palabras que sus compatriotas nunca habremos de olvidar: “Pueblo, me acabo de descalificar yo mismo”. Fue aquella una lección para este país en el que nadie admite sus errores.

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Merecido reconocimiento

Vallenato-Acordeón
Centenario del nacimiento de Alejo Durán. Alejo Vive.
Foto:  Alcaldía Municipal de El Paso.

En buena hora, con la aprobación de la Ley 1860 de 2017 el Congreso de La Republica dispuso que la Nación se asocia y rinde homenaje a la vida y obra de ese juglar inolvidable en el centenario de haberse enterrado su ombligo.

El homenaje que le brinda su patria es un reconocimiento a su vida y a su obra construida ladrillo a ladrillo en la fatiga de los potreros y que tuvo sus cimientos en los cantos de vaquería mientras corría detrás de los animales ajenos que cuidaba en la finca donde su papá trabajaba como jornalero.

Pero hubiera sido mucho mejor que él hubiera recibido esos honores antes de que concluyera su vida en noviembre de 1989. Merecía entonces tanto como ahora un reconocimiento por su aporte a la difusión de la cultura tradicional de su región, a la tradición oral y musical de nuestros pueblos y muy especialmente por su ejemplo como hombre de trabajo que encontró en el arrugado instrumento el alivio a los tormentos padecidos como ayudante, ordeñador y aserrador.

Tenía su particular manera de contar de dónde era. En famosísima entrevista con David Sánchez Julio manifestó: “Soy el hombre de las tres sedes, Magdalenense de nacimiento, Cesarense por Decreto y Cordobés de corazón”. Así recordaba que El Paso, pueblo donde nació, se encontraba primero en el Magdalena grande y luego en el departamento del César. Finalmente fue en el departamento de Córdoba donde se enamoró, se inspiró y se quedó.

Alejo era un excelente acordeonero, pero lo hacía mejor como cantante. Era afinado, de voz aguda y profunda y sabía imprimir en la entonación el sentimiento que buscaba transmitir la letra de la canción. Así cantó la más famosa de las canciones de su colega Juancho Polo Valencia, Alicia adorada. Es un son de connotación lastimera y dolorosa, fue un canto elegía en cuya interpretación Durán lo hizo tan bien que mucha gente cree que es de su autoría.

Como compositor se destacó por sus temas costumbristas, los versos cortos y graciosos y por hacer de la naturaleza y las mujeres la fuente inagotable de su inspiración. Se hacía acompañar de su acordeón en la grabación de los discos y en sus presentaciones, pero nunca se preocupó por ser un gran digitador.

Así como hablaba tocaba, sin prisa pero sin pausa, a diferencia de su hermano menor, el también Rey Vallenato Nafer Durán, quien es dueño de un estilo diferente, más picado y de pícaros arpegios de los cuales da buena cuenta en Herencia vallenata, que sería a la postre el primer trabajo discográfico del gran Diomedes Díaz en el año 1976.

Además de ser un músico completo que tocaba, cantaba y componía, era dueño de una chispa natural para dar a todo una respuesta precisa, jocosa, y filosófica. Cuando le preguntaron si estaba de acuerdo con la evolución y modernización que estaba viviendo la música vallenata dijo “Eso está muy bien, lo que no estaría bien es que evolucionara yo”.

También dio testimonio de su habilidad mental cuando una de sus múltiples compañeras sentimentales lo hizo comparecer para conciliar respecto de una eventual separación de bienes. Al presentarse con su acordeón en el lugar dijo “Bueno, lo único que tengo es este acordeón. Lo partimos por la mitad, ella que coja la parte de los pitos y a mí que me deje la parte de los bajos que es lo que mejor ejecuto”.

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Sus canciones

Vallenato-Acordeón.
Vallenato-Acordeón.
Foto: Alcaldía Municipal de El Paso.

En su genialidad fue especialmente considerado con la mujer y poético en la narración para exaltar sus naturales atributos. Fruto de esa actitud especial ante la mujer vieron la luz canciones como La mujer y la primavera, que dice “La mujer y la primavera son dos cosas que se parecen, la mujer huele cuando esta nueva y la primavera cuando florece”.

También está aquella en la que dice que hará un inventario de mujeres para ver si inventariando consigue a la que lo quiere; en la que advierte a Evangelina que merece llevarla a Cartagena “pa enseñarle a que respete los hijos de madre ajena”; y en la canción titulada La mujer que tengo lamenta que esta se ha vuelto celosa y guapa porque piensa que él tiene secretos que lo hacen afortunado cuando enamora a las muchachas.

En el célebre canto que tituló con el numero de la placa de un carro —el 039— se refirió a la chica que conquistó durante el viaje, cuya partida lamentaba y de quien siempre decía que le contó el conductor que estaba llorando. Por eso dice en el disco “Irene se fue llorando y a mi esas cosas me duelen, se la llevó el maldito carro, aquel cero treinta y nueve”.

Tenía su particular manera de contar de dónde era.

Necesitaría un espacio interminable para rememorar el sinnúmero de canciones de su autoría. Siendo el más ilustre de los hijos de El Paso en el Departamento del Cesar, le cantó orgulloso de su suerte en el amor. También lo hizo para lamentar los dolores que afectaban a sus enamoradas, como en la canción “pena y dolor” cuando a una de ellas sugiere “anda buscando un calmante pa tu pena y tu dolor, si tu misma lo buscaste que Dios te conceda el perdón”.

También le cantó a su propio desamor cuando en la canción titulada Tengo un dolor dijo lo siguiente: “Yo tengo un dolor, no sé dónde me duele, yo creo que es en el corazón y es por las benditas mujeres”. Así mismo en la canción que lleva por título Cata hace público su lamento por otro dolor de amor cuando dice “Mi alma tiene un dolor, dime Cata si me quiere, esas son cosas del amor enguayabador de las mujeres”.

Alejo les cantó a las flores, a los amigos, a la perra, a la caída del compadre, a su acordeón, a un pueblo que se quemó, a la trampa, a la parranda, a los campanales, a una cachucha y sobre todas las cosas a la femenina belleza.

Ahora con gozo, con su corazón limpio y satisfecho del deber cumplido, le canta al que todo lo puede. ¡Dios debe estar especialmente satisfecho, se llevó un ser humano excepcional!

* Folklorólogo, experto en vallenato y ganador del premio El Cerrejón.   Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

 

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