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Cuando escribir mal es un problema político

(Tiempo estimado: 5 - 9 minutos)

Escritura.

Nicolas PernettQue las mentes más educadas del país tengan dificultades para comunicar por escrito sus ideas es un problema que nos debería importar a todos.

Nicolás Pernett*

Las desgracias de la edición

Ser corrector de textos es una de las profesiones más ingratas. Al mismo tiempo, es una de las más necesarias. Lejos de la idea del escritor como una mente individual que forja sus textos en la soledad, la escritura se puede entender como un proceso colectivo. Algo parecido a la experiencia del músico que depende de un productor para explorar nuevos caminos en sus grabaciones, del pintor que recibe consejos (a veces instrucciones) de su galerista o de una película que termina siendo una obra muy diferente a la del guion gracias a las contribuciones de los actores o camarógrafos.

Como ha dicho el cronista Alberto Salcedo Ramos, los textos publicados casi nunca son iguales a las primeras versiones que de ellos se hicieron. El primer intento de expresar algo por escrito tiene que ser sometido a un examen en el que se eliminan redundancias, se simplifican perífrasis, se reorganizan argumentos y se unifican tiempos verbales, entre muchas otras pequeñas y grandes cosas que hace un editor o un corrector de estilo.

Este no es un proceso fácil y algunas veces naufraga aparatosamente. La mayoría de autores solemos ser muy sensibles con nuestro sentido de “propiedad” sobre lo que escribimos. Y nuestra primera reacción ante la modificación de un texto puede ser la comprensible cólera por lo que nos parece una irrespetuosa alteración de nuestras palabras. No obstante, todos los buenos escritos han recorrido este camino y solo pocos lectores conocen el tensionante proceso que hubo antes.

Muchas veces el autor se niega de plano ante el cambio de una sola coma y otras veces el editor no capta bien el mensaje cifrado del texto y termina añadiendo ideas o tergiversando la intención original. Si el resultado es feliz y la última versión del texto es mucho mejor que la primera el lector nunca sabrá el papel fundamental desempeñado por el editor. Y si, por el contrario, la versión publicada sale con errores, el público (y el escritor) puede culpar al editor por esa falla, sin importar las otras mil pequeñas catástrofes que evitó.

En medio de estas circunstancias propias del oficio de la palabra, hay algo que tenemos claro los que trabajamos en él: un texto tiene que cumplir unas condiciones mínimas para ser legible, y debe cumplir otras, más particulares y complejas, para ser agradable, claro, pertinente e, incluso, memorable. En la búsqueda de ese ideal se hace imprescindible el trabajo de correctores, editores y hasta tipógrafos.

Lea en Razón Pública: La escritura científica, otra tarea pendiente.

La resistencia a la corrección

Edición de textos
Edición de textos  
Foto: Pixabay

Lamentablemente, muchos de los que escriben en Colombia no tienen en cuenta los requerimientos que exige el arte de juntar palabras. Y lo peor es que tampoco están interesados en corregir el problema o buscar ayuda para mejorar sus habilidades.

Reconocer que se escribe con errores o que lo que se ha escrito puede ser mejorado es una de las cosas más difíciles para muchos, pues hemos aprendido a equiparar escritura con inteligencia, es decir, a sentir que si alguien cuestiona nuestra manera de escribir está poniendo en duda nuestro discernimiento o ingenio. Además, la mayoría de escritos (incluso los malos) exigen mucho trabajo, y si después de días o semanas de esfuerzo nuestra obra es recibida con displicencia la primera reacción será la indignación.  

Sin embargo, tenemos que aprender y recordar que la buena redacción es una habilidad que no es directamente proporcional a la inteligencia o el conocimiento. De hecho, pueden ser destrezas muy diferentes.

Yo mismo he editado textos de las que me parecen las mentes más brillantes del país y he encontrado que hasta los profesores más perspicaces pueden caer en errores simples a la hora de redactar; que las investigadoras más juiciosas tienen problemas para comunicar con claridad sus hallazgos; y que los oradores más convincentes en la tribuna pueden escribir textos incomprensibles.

Ser corrector de textos es una de las profesiones más ingratas. Al mismo tiempo, es una de las más necesarias. 

Una cosa no garantiza la otra. El conocimiento exhaustivo y la comprensión certera de un tema no aseguran que podamos escribir bien sobre él. Ese me parece uno de los problemas más grandes de muchos académicos en el país: han llegado a grandes cumbres del saber que no han podido comunicar porque no se han propuesto mejorar sus habilidades escriturales o han rechazado a editores y correctores en nombre de su derecho a “conservar su estilo”.

Es en este punto en el que la mala redacción se convierte en un problema político. Si esos investigadores e intelectuales han tenido la ocasión de dedicar años de trabajo a ciertos problemas (muchas veces con dinero de entidades públicas), tienen el deber social de comunicar sus hallazgos y compartir sus hipótesis con el mayor número posible de personas. Y para hacer esto se necesitan textos bien hechos.

Es cierto que algunos temas exigen un lenguaje especializado que solo los ilustrados en la materia pueden comprender. Pero en otros casos es común que se use el argumento de la ultra especialización para justificar la escritura críptica de aquel que no ha hecho el esfuerzo por simplificar lo que piensa, sino por hacerlo más enredado tal vez con la esperanza de parecer más interesante.

Razones históricas

¿La escritura es una tarea pendiente de los académicos?
¿La escritura es una tarea pendiente de los académicos? 
Foto: Pixabay

Es posible que en nuestro medio sea común esta propensión a la redacción enrevesada por varias razones históricas y culturales:

La buena redacción es una habilidad que no es directamente proporcional a la inteligencia.
  • El sistema de dominación colonial español se basó no solamente en el control de las armas y las rentas. Una forma de diferenciar la clase dirigente de las demás era a través del dominio de las formas escritas propias de ciertos ámbitos como el derecho o la administración. Un ejemplo: si las leyes han estado (y siguen estando) tan mal escritas es para que solo las entiendan y comenten los abogados.
  • El arraigo de la demagogia verborrágica se puede sentir en nuestro país no solo en los discursos de los políticos, sino también en las exposiciones escritas de nuestros “sabios”. Esta tendencia a sacrificar el fondo por la forma sirve en muchas ocasiones para esconder carencias epistemológicas. Así como construimos pomposos edificios para acoger las instituciones gubernamentales justamente porque nuestra democracia es endeble y pobre, de igual manera creamos edificios verbales de inescrutable arquitectura para esconder carencias en la investigación o el análisis.
  • La separación entre los textos ligeros para las masas y los complejos para los académicos ha hecho que los primeros se queden sin calidad y los segundos, sin lectores. Mientras los grandes medios escritos se han llenado de contenidos intrascendentes, hechos más para entretener que para enseñar, las publicaciones académicas se han consagrado a la producción de profesionales más preocupados por sumar puntos en su currículo que en comunicar bien sus ideas.

Creo que en el fondo el problema radica en nuestra inveterada condición de ser una sociedad que no dialoga, sino que pontifica. Para dialogar se necesita no solo escuchar lo que el otro dice, sino cuidar nuestra propia comunicación para que nuestras palabras sean comprensibles.

Lea en Razón Pública: Pedro Lemebel y la escritura como una fuerza que trastoca la vida.

Esto también está relacionado con la concepción que hemos creado de “autoridad” como alguien que sabe, y no como alguien que está en el proceso de construir saber. Y en muchos casos son justamente las “autoridades” las que deberían reconocer humildemente que la buena redacción es una artesanía que nunca se deja de aprender.

Bastaría con preguntarnos continuamente si lo que escribimos es comprensible para la mayoría (la claridad es la cortesía del filósofo, decía Ortega y Gasset) o con buscar en el diccionario la definición de la palabra que usamos para corroborar que efectivamente significa lo que creemos. De esta manera tantos “expertos” dejarían de confundir problema con problemática, narrativa con narración o significativo con grande, entre muchos otros vicios corrientes.  

Recuerdo que una vez, cuando trabajaba como corrector de estilo para una editorial universitaria, propuse que en lugar de tener que corregir una y otra vez los mismos errores que encontrábamos en los textos enviados por los profesores creáramos un curso de redacción y estilo para maestros, así como había uno obligatorio para estudiantes. Mi jefe me miró con una mezcla de conmiseración y burla y me respondió: “la idea es buena, pero sería un fracaso porque ningún profesor se va a inscribir al curso. Sería reconocer que escribe mal”.  

Aceptar esta falencia y trabajar por superarla puede ser una manera de construir país, de democratizar el saber. A eso se refería Gabriel García Márquez cuando dijo que “el deber revolucionario del escritor es escribir bien”.

 *Historiador
@NicoPernett

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