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El arte puro de Jaime Manzur

Escrito por Darío Rodríguez
El reconocimiento que se le dio a Jaime Manzur no se compara con todo lo que él aportó a la cultura

Dario RodriguezCon 82 años, el famoso bailarín, actor y director de teatro falleció el pasado 11 de noviembre. Un recorrido por su vida y obra

Darío Rodríguez*

Artes exclusivas e impopulares

Mientras más sutil sea un arte menos público y entusiastas atrae. Expresiones como la ópera, la talla de mármol o la declamación confirman esta dolorosa ley. Se necesita paciencia, formación y, sobre todo, constancia para asimilar con gusto y aptitud las grandes complejidades inherentes a semejantes prácticas. Quienes las ejercen con placentera disciplina se enfrentan al destino de ofrecer sus creaciones a pocas personas mientras sobreviven (entre milagros) al mundo moderno del frívolo espectáculo y la economía como diosa que exige sacrificios.

En Colombia son escasos los artistas dedicados a estas exclusivas artes: el riesgo es alto y las recompensas nimias. El maestro Jaime Manzur, uno de esos artífices elegantes y sofisticados, falleció recientemente. Tal como su parábola vital, la noticia de su muerte fue fugaz y cruzó caminando en puntas de pie sobre los medios informativos. Algo injusto si se recuerdan sus aportes cruciales a la cultura del país para los ámbitos de la danza y las artes escénicas. Esta nota intentará hacerle justicia a la grandeza de Manzur que, indudablemente, va mucho más allá del simple comentario o de la enumeración.

Vida y obra

Hijo de padre libanés y madre colombiana, Jaime Manzur nació en 1937 y creció en un ambiente donde las artes no eran extrañas. Gracias a su madre, doña Cecilia Londoño, aprendió las primeras lecciones de lo que décadas después sería el eje y la parte compacta de su propuesta artística: la danza, el teatro y la pintura. Debido a las precarias condiciones económicas del país y a la Segunda Guerra Mundial, a mediados del siglo pasado los Manzur se vieron en la obligación de trasladarse a África y a las Islas Canarias, lugar en donde los hijos de la familia (Jaime, Sara y David, quien se convertiría en uno de los pintores más grandes de Colombia) iniciaron su formación humanística y artística.

La fascinación por artes con alto refinamiento apareció en Manzur apenas abandonó la niñez. Con el apoyo de sus padres, cosmopolitas y dueños de una mentalidad amplia, inició un destino de viajero ya en la pubertad. Así pues, fue a contemplar una representación del ballet ‘El lago de los cisnes’ de Tchaikovsky ofrecida por una compañía rusa en el Teatro Metropolitano de Nueva York cuando apenas rozaba los quince años de edad. A estos viajes se sumaron el cúmulo de cursos y talleres dancísticos y escenográficos que realizó en España durante los años Cincuenta. Su carrera como artista la inició como bailarín y director de la Compañía de Ballet de Armenia, Quindío (patria chica de su madre y residencia del maestro durante la juventud).

Indudablemente, Jaime Manzur fue uno de los pioneros de la danza moderna colombiana, pues redefinió coreografías del folclor –inmodificables hasta ese momento– y se atrevió a escenificar piezas clásicas como ´Cascanueces’ y ‘Giselle’. No deja de resultar asombroso el sitio donde se llevaba a cabo esta revolución de la danza en un país aún adormilado por aquel entonces: la provincia profunda. Y coordinada esa revolución por un mozalbete, esa especie de niño prodigio que Jaime Manzur siempre fue, llegó a fundar y regentar la primera compañía de danza moderna colombiana sin ser mayor de edad.

Su amor por los muñecos y las marionetas comenzó desde muy temprana edad.

Foto: Facebook: Fundación Jaime Manzur
Su amor por los muñecos y las marionetas comenzó desde muy temprana edad.

Pronto cundió su fama por todo el territorio nacional. Así pues, llegó a Bogotá como profesor de la desaparecida Escuela Nacional de Arte Dramático (ENAD) y como miembro activo del Teatro Colón. Enfocar su trabajo danzario en la capital le permitió gestar un proyecto propio, el Ballet Manzur, con el cual recorrió territorios nacionales e internaciones mostrando un nuevo rostro de las tradiciones folclóricas colombianas a través de osadas puestas en escena ‘El espectro de la rosa’, ‘Las Sílfides’ y ‘La muerte del cisne’. Fue así como en la década de los sesentas Manzur se consolidó como un maestro joven y renovador.

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Un artista polifacético

Limitarse solo a la investigación y a la creación en el campo dancístico habría significado una traición para Manzur dado que era un hombre sumamente curioso y de intereses múltiples. Es sabido que antes de incursionar en el arte de las marionetas, tenía un talento excepcional para la construcción de escenografías (que él mismo pintaba) y para el diseño y la confección de vestuarios. Esa versatilidad, una auténtica rareza en el contexto actual de las artes especializadas, era una de sus mejores cualidades. Además, jamás asumió la postura del gerente ni la del capitán de barco: siempre fue el bailarín más avezado y el técnico más eficaz.

Su pasión por los muñecos y por el sinnúmero de detalles y pormenores que rodean al arte de títeres y marionetas lo acompañó desde su infancia. En 1973, para las muestras del Ballet en el Teatro Jorge Eliécer Gaitán, presentó fragmentos de ‘Cascanueces’ con intervención de muñecos de tamaño natural. A este experimento lo denominó “Ballet Pantomima”.

Tras años de sesudos estudios y más de una década elaborando marionetas y presentándose en festivales escénicos con un pequeño grupo, optó por dedicarse casi por completo a los títeres y en 1975, con el espectáculo de danza infantil ‘La bella durmiente’, se despidió de la danza como intérprete. Esto a pesar de que hasta 1976, cuando se estableció el primer premio en el Festival Mundial de Marionetas, las obras y proyectos relacionados con muñecos eran considerados en Colombia una especie de divertimento aficionado que se acercaba pálidamente a lo teatral.

El nacimiento de la Fundación Jaime Manzur coincidió con el advenimiento de Hilos Mágicos y La Libélula Dorada, dos compañías icónicas de títeres colombianas que fueron fundadas en la década de los sesentas. Todas ellas lograron que los títeres adquirieran la validez que les había sido negada durante años en la academia y los escenarios.

Manzur dedicó años de su vida a adaptar óperas para sus marionetas.

Foto: Facebook: Fundación Jaime Manzur
Manzur dedicó años de su vida a adaptar óperas para sus marionetas.

Manzur era Manzur y, desde luego, su eximia vocación por los títeres no le impidió enfrentar el tercer gran reto de su destino artístico: la dirección y escenificación de zarzuelas y óperas, labor en la cual puede decirse, sin temor, que no tuvo ni tendrá parangón en la historia de Colombia. Comenzó en 1980 gracias a un reto que le formuló la gestora cultural Gloria Zea: si había sido capaz de llevar óperas como ‘La Traviata’ al diminuto teatro de marionetas, no le sería difícil dirigir actores vivos y exhibir versiones autóctonas de los clásicos del Bel Canto. No solo lo hizo sino que, además, rescató para el público novel otro arte supuestamente menor de cuño hispánico, la zarzuela. En solo treinta años, con el respaldo de la Ópera de Colombia y de otras instituciones, encabezó un movimiento escénico y musical que intentó popularizar entre nosotros el exigente arte operático. Manzur justificaba su tenacidad con un proverbio árabe: “Despierta, tienes toda la eternidad para dormir”.

Además de las delicadas filigranas en su ejecución, la belleza plástica del cuerpo danzante, de la marioneta, el “actor perfecto” de los sopranos y barítonos, su obra impresiona por el agudo y profundo proceso de estudio, preparación y construcción.

Tomemos un solo caso, entre cientos: adaptar óperas para las marionetas podía costarle un esfuerzo de años enteros. Su control era incisivo, pues lo diseñaba todo: los arreglos musicales, la marcación para el desempeño actoral, las escenografías, la iluminación y los vestuarios (que incluían el análisis histórico de las prendas).

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Era, innegablemente, un perfeccionista que efectuó su labor con mesura y discreción lejos de la figuración mediática. En vida, siempre se consideró a sí mismo un hombre sencillo y silencioso. En una entrevista afirmó: “Para unos soy un retrógrado, para otros soy demasiado purista. Moriré así. Desde muy niño tuve la ambición por hacer muchas cosas. Con esto nos alimentaban nuestros padres cada mañana al despertar: ‘si vas a hacer algo, hazlo. Pero entrégate todo’”. Esas palabras lo definen. No cabe duda de que fue un individuo excepcional.

*Escritor y editor. Columnista de la Revista Cartel Urbano.

 

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